jueves, 18 de septiembre de 2008

Un llamado en 18

Lo llamaban desarraigo, señor.
En fin, me imaginaré a un hombre en cuestión, un hombre viejo, antiguo, su rostro serio de amable con una belleza incomprensible, sus ojos de una majestuosidad extinta, sus manos honestas y yo diría republicanas, de esa cosa republicana con olor a vino y respeto, no de esa ramera manera de usura sedienta, de la manera noble hablo, de mi tierra, yo defiendo, hagamos un alto solemne, tradición a pueblo y su hidalguía insolente, poto parao y se infla el pecho mierda, humilde y cariñoso también, Fray Andresito Dios lo tenga en su Santa Gloria, nada más, pocas palabras y mucho sentimiento, el hombre en silencio también cuenta, guachaca rey, bienaventurados todos para ver a Dios dos veces, así, me lo imaginaré a él, rostro serio de amable, chileno compipa de tomo y lomo, de pié, palma abierta dándome un recado arcano como de lejos, palma abierta para decirme que la inocencia es cierta, palma abierta ostensible y radiante, y sobre la palma abierta ahora lacerada por los roces y los dientes, lacerada y sangrando de modo amargo por culpa del tiempo, sangrando, sin el más mínimo fragmento de cólera, sobre la palma abierta a tres y mil metros de altura, la sonrisa de él sin abrir la palabra, conquistando el espacio la palma, deslizando un lenguaje secreto de mieles y flores palpando de brisa bronce con sumo detalle la ternura de su verso casi extinto casi inexistente, un pacto sellado de antañas almas fucsias, un pacto de pronto ardiente pero por la parte mía ante todo mezquino pues mi deseo carne no perdona, el deseo mío carcasa lastre de eso es mío sólo mi mío yo y pacto sagrado no quiero, primero el naipe y que empiece mi mano, y el pacto sagrado se diluye entonces, y el viejo se va y ya no volverá a pasar, veo que se marcha y ordeno que se detenga el momento sabiendo que todo argumento será en vano, yo contemplo de dolor, es un segundo interminable que dura toda una herida, una sonrisa quimera casi imaginada en perfecta plenitud, fértil, de padre de esos padres que jamás han existido, de esos que no les importa nada la pericia de la conquista ni la deuda, de esos que en el fondo del fragor son sublimes porque existen, con esa sonrisa de él entonces, así, con ese momento, me imaginaré que me dirá que antes de morir la mañana yo moriré, Hijo, vamos a morir… oiré decir, Lo sé padre, morirás tú primero… contestaré desde mis entrañas sin voltear mi cara, Sí hijo, vamos a morir… me responderá, y yo No me importa Padre, moriré después… diré en mi final desde mis entrañas, sin voltear mi cara, sin fallecer. Entre medio entonces, el hombre sobrevivirá por los tiempos de los tiempos, y llamará a su Padre, y el Padre no estará, y naceré yo en una nueva tierra entonces donde las sombras se visten de todo lo que ha quedado pendiente, miradas rotas y promesas incluidas, sobre todo promesas, lo demás mero trámite, naceré, y será hoy. Querré ver. Me imaginaré.

Entonces, sí, lo llamaban desarraigo, señor, y no le pertenezco.

Entonces sí, felices flores de empanadas a todo mundo, le llamaremos anhelo.

3 comentarios:

kany dijo...

Acá le envío una semillita...pa que crezca raíz.
besos

marina dijo...

(...)

y un abrazo, Marcelo.

Sirena Varada dijo...

El desarraigo no tiene padre,
sólo es ausencia perfumada de hiel;

El desarraigo no muere, permanece adherido siempre en piel muerta;

El padre no muere, ancla extraviada en el recuerdo;

El desarraigo no vive, en su vanidad se diluye;

El padre vive, con insolencia espectral;

La muerte que vive es desarraigo;

El padre muere y eso es vida.


Querido Marcelo, un abrazo.