miércoles, 9 de abril de 2008

Entre farolas y estrellas

El Pequeño Príncipe nunca olvidó una pregunta. El Pequeño Príncipe amaba la suavidad de las puestas de sol. El Pequeño Príncipe nunca se presentó a sí mismo, en el mejor de los casos pidió que le pintaran un cordero.

El Pequeño Príncipe recorrió un año la tierra atravesando arenas, rocas y nieves. Y conoció un jardín cuajado de rosas, y conoció a una serpiente que hablaba siempre con enigmas, y conoció a los hombres que nunca se sienten contentos donde están y que únicamente los niños saben lo que buscan.

Y conoció al zorro, que habló de domesticar, que habló de crear lazos, que habló de amigo.

- Los campos de trigo no me recuerdan nada y eso me pone triste – le dijo el zorro al Pequeño Príncipe – ¡Pero tú tienes los cabellos dorados y será algo maravilloso cuando me domestiques! El trigo, que es dorado también, será un recuerdo de ti. Y amaré el ruido del viento en el trigo – señaló. Y el Pequeño Príncipe domesticó al zorro, y cuando se fue acercando el día de la partida:

- ¡Ah! – dijo el zorro – lloraré.

- No ganas nada.

- Gano – dijo el zorro – he ganado a causa del color del trigo.

Y me acordé del Pequeño Príncipe junto al farolero que vivía atado a su farol que apagaba y encendía a cada instante según la loca rotación de su pequeño planeta por su consigna. Y contaba el farolero con nostalgia y entre suspiros que hubo un tiempo en que dicho trabajo era tranquilo y le daba tiempo para descansar, pero la rotación se aceleró y él se negó a abandonar su trabajo, su planeta había cambiado pero la consigna no. El farolero contaba con nostalgia. El Pequeño Príncipe oía. Me acordé. Y me acordé que la causa por la cual lamentó no quedarse con el farolero en ese bendito planeta se debió a las mil cuatrocientas cuarenta puestas de sol que podría haber disfrutado cada veinticuatro horas.

-¿Sabes? – decía el Pequeño Príncipe – cuando uno está verdaderamente triste son agradables las puestas de sol.

Es cierto, es tan misterioso el país de las lágrimas. Pero claro, es tan solo un cuento, ninguna persona mayor comprenderá jamás que esto sea verdaderamente importante.

5 comentarios:

AINA dijo...

ciertamente, los adultos casi nunca estamos contentos con lo que tenemos.. quizas no sepamos valorarlo. o solo lo valoramos cuando lo perdemos. el pequeño principe vió muchas cosas, buenas, malas y comprendió que.. hay que gozar de las buenas y saber salvar las malas...

la infancia, sin duda, lo mas bonito y puro. cuantos hemos soñado en volver a aquella epoca... yo almenos si

saludos

aina

marina dijo...

y es que lo más evidente o más pequeño, como una puesta de sol o un grano de trigo,encierran una belleza infinita. Para verla tan solo basta un pálpito del corazón.

saludos...!
:-)

carola. dijo...

El principito. Uno de mis libros favoritos. QUé maravilla leerte, Marcelo. Gracias por dejar que lo hagamos y gracias por tus mensajes de apoyo en mi lugarcito.
Abrazo sincero también para ti.
"...todo el saber del universo pasó por encima de su cabeza, y viendo que estaba a su alcance alzó la mano y lo atrapó."

Daniela dijo...

"Hoy continué dándole cuerda a mi reloj, con timbre atado sobre número invisible
poco me importa donde rompa mi estación, si cuando rompe está rompiendo lo imposible"

En la simpleza...creo que el milagro ocurre, cuando nuestro tiempo se detiene en lo simpleza.

Lorelay dijo...

Muchas veces los adultos olvidamos los detalles de lo cotidiano, lo que nos hace sensibles, pensando en la magía que tienen nuestras lágrimas...

me encanta este libro...Sólo se puede ver bien con el corazón ...lo esencial es invisible a los ojos.

besitos